lunes, 29 de septiembre de 2014

Papás involucrados, bebés (y mamás) felices.


El padre ya no es solo un espectador o acompañante de la embarazada. Cada día más hombres piden información y ayuda para afrontar sus temores e implicarse en la vida de sus hijos desde que saben que viene en camino. El concepto de paternidad está cambiando. Te lo contamos.

Desde hace algunos años, las matronas de atención primaria se esfuerzan para incorporar a los padres en los programas de educación maternal. En México, por ejemplo, se comienzan a realizan sesiones exclusivas para los papás, donde pueden hablar y compartir sus emociones sobre la gestación, el parto y el postparto. En estas sesiones, las matronas les explican el funcionamiento del hospital y su papel en el parto, y se trabajan, mediante coloquios, las emociones sobre la paternidad, los nuevos roles, la vuelta a casa, la organización familiar con el recién nacido y la crianza.

En casa, ayuda y refuerzo positivo
La madre, especialmente cuando es primeriza, necesita el cuidado y la compañía de una persona que sea respetuosa con sus necesidades, que le pregunte qué necesita y que la refuerce positivamente. Y ese apoyo, lo puede encontrar en su pareja que la conoce bien y, además, comparte con ella el nerviosismo por la reciente paternidad. Durante las primeras semanas, lo ideal es que la madre pueda olvidarse por completo de las tareas domésticas, para poder dedicarse al cuidado del chiquitín y de sí misma. El padre debe entender que ahora ella, aunque esté todo el día en casa, no va poder hacerse cargo de todo. Con la llegada del bebé, todo cambia; comienza un proceso de reorganización familiar. Las rutinas, las tareas, los espacios… todo deben adaptarse para incluir al recién nacido.

El cuerpo de la mujer es estos días una especie de volcán en ebullición: las pérdidas posparto, los puntos, la subida de la leche y la dedicación exclusiva a su pequeñín. Es el padre quien debe tener un papel protagonista en este periodo crítico: debe ser él quien lleve adelante la organización de la casa, desde los quehaceres domésticos hasta el manejo de las visitas. El padre puede incluso ayudar mientras su pareja le da el pecho: cogiéndole para que expulse el aire que ha tragado, cambiándole el pañal una vez que termine o meciéndolo para que se duerma después de la toma.

Los cambios emocionales del padre
Como las mamás, los papás, especialmente los primerizos, pueden sufrir alteraciones emocionales después del parto. Algunos se sienten aislados por la atención que su mujer brinda al bebé, otros no se ven capaces de cuidar de una personita tan pequeña e incluso hay quien piensa que no podrá asumir la responsabilidad de su nuevo rol de padre.


A diferencia de las mujeres, en las que las hormonas juegan un papel decisivo, la depresión posparto en los hombres depende mucho de su situación social, emocional y económica. Si el papá tiene una situación emocional estable, asumirá su compromiso con mayor tranquilidad. En cambio, si se encuentra desorientado, el hecho de convertirse en padre puede angustiarle más de la cuenta y producirle irritabilidad, insomnio y hasta tristeza. La recomendación es la misma que en las mujeres. Es importante reconocer y detectar a tiempo este estado de melancolía o leve depresión y consultar con un especialista. Todos los padres deberían establecer una relación de confianza con la matrona y el pediatra, a los que pueden trasladar sus dudas, inquietudes y necesidades. También es bueno que hablen con otros padres y comparta sus experiencias.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

El juego y el afecto: la clave para que los niños aprendan a leer y escribir

Podríamos pensar que empezar pronto y de forma sistemática a trabajar habilidades como la lectura y la escritura se traducirá en mejores resultados académicos. Sin embargo, parece que no es así, y hay evidencias desde hace muchos años. Según el informe PISA, que mide el rendimiento de estudiantes de todo el mundo, México presenta resultados sumamente pobres respecto de los países europeos en áreas como la competencia lectora o las matemáticas. ¿Cómo es posible? ¿En qué nos equivocamos? ¿Necesitamos quizá empezar antes, exigir más, evaluar mejor? Las respuestas no van por ese camino.

El sistema educativo finlandés, un ejemplo
Xavier Melgarejo, psicólogo y doctor en Pedagogía, buscó respuestas investigando para su tesis. Lo hizo ahondando en el sistema de educación que cada año encabeza el informe PISA, el finlandés. ¿Qué hacen allí? “Muchas de mis creencias entraron en crisis durante esos años”, recuerda. Las dos creencias que antes cayeron fueron dos:
Cuanto antes, mejor. FALSO. En Finlandia los niños no aprenden a leer hasta los siete años. Incluso, ven contraproducente empezar antes; pero a los nueve ya ocupan uno de los primeros puestos del mundo en competencia lectora. Y en matemáticas.
Cuanto más, mejor. FALSO. Tampoco aquí salen las cuentas. Resulta que en Finlandia los niños tienen menos horas de clase, ¡y cinco recreos al día! Cada 45 minutos, 15 minutos de recreo, mientras que en México son 30 minutos en cinco horas.
Además, Finlandia es el país que menos horas curriculares realiza entre la primaria y la secundaria. Entonces, ¿cómo es posible que ocupen siempre los primeros puestos? Puede ser porque es un tema en el que se implica toda la sociedad: los profesores; los padres, que confían en los maestros y no les culpan de los fracasos de sus hijos; el Estado, que potencia una educación pública y que no modifica ni una ley educativa sin consenso político. Además, por supuesto, el método que usan es diferente. Se enseña cuando el niño está preparado, maduro, no antes. Por eso empiezan la lectoescritura a los siete años. ¿Y qué hacen antes de leer? ¿Cómo se preparan? Para nuestra sorpresa, la mitad de los niños finlandeses no va a preescolar y entran en la escuela a los seis o siete años.

Fomentar la curiosidad y autonomía del niño

¿Qué necesita el niño aprender antes para después tener éxito en las matemáticas o la lectura? ¿Repetir? ¿Esfuerzo? ¿Experimentar? ¿Afecto? Su principal objetivo, reconoce, no es que sepan leer, ni escribir, ni contar cuando acaben infantil, sino “que lleguen a primaria con ilusión y ganas”. La clave “es hacer afectivo el día a día en la escuela. Cuando un niño crea un vínculo con su maestra y se siente seguro, podrá dedicarse a aprender, a jugar, a afrontar sus sentimientos”, afirma. Es el primer paso, pero no el único.

La importancia de valorar el esfuerzo de los niños
Otro punto: más importante que hacerlo bien o no, es valorar lo que los niños hacen: “Por ejemplo, cuando pintan, al principio no persiguen más que disfrutar. Si valoramos sus producciones, hacia los cuatro o cinco años ellos solos empiezan a dibujar con intención de crear algo bello”, afirma esta maestra. Nuestra valoración estimula que disfruten en cada momento y, por lo tanto, que tengan deseos de seguir, de repetir, de crear. Y, por supuesto, han de jugar, jugar y jugar.
“Yo me quedo impresionada al ver cómo a través del juego ellos solos se enfrentan y resuelven problemas de todo tipo, cómo organizan el material, ordenan tamaños, resuelven problemas con los amigos...”, apunta Mari Carmen Díez. Para las matemáticas, por ejemplo, más importante que copiar el número 1 es “manipular, explorar y contar cosas”, explica esta maestra, aunque no se sepan aún los números.
También la manipulación y la exploración sirven para preparar la escritura “porque el niño madura del hombro a los dedos”, recuerda. Es decir, jamás podrá tener buen control de la mano si no lo ha tenido antes del antebrazo. Las actividades que conlleven movimientos de barrido con los brazos les ayudan a desarrollar, más adelante, la precisión en los dedos; y por eso muchos niños que empiezan a escribir demasiado pronto adoptan una posición forzada para la que su cuerpo no está preparado.

Cómo fomentar el interés por la lectura
En la clase de Mari Carmen Díez la lectura llega de la mano del juego y el afecto, saboreando las palabras una a una y sin presiones. Despacio, disfrutando, sin adelantar. A los tres años cada uno se dedica a aprender su nombre. Esto hace que algunos niños se empiecen a interesar en las letras y las palabras.
A los cuatro años tienen su colección de palabras que “les caen bien”: las sacan de los cuentos que su maestra les lee. Y cuando han coleccionado cuatro o cinco palabras, como Rita (el nombre de la mariposa de uno de sus cuentos favoritos), juegan al Pasapalabra. Son palabras para abrir el apetito y mucho más efectivas que el clásico silabeo. A los cinco años se hacen cada uno su tarjeta de visita, y además cada niño es nombrado padrino de una letra: cuando alguien quiere saber algo de la z..., pues le pregunta a Iván Pérez, que es su padrino. Se comunican la información sobre las letras como un secreto o un truco (“para poner la z, primero...”).
Tienen también un buzón a través del cual se envían mensajes (“te invito”) y también tienen la “caja de escuchar los sueños”, de donde deben sacar cada vez cinco cosas (imágenes, objetos o juguetes) con las que inventar una historia que comience, pase algo y termine. En fin, que juegan, juegan y juegan con las palabras. Y un buen día llega un niño y le dice a su seño: “Yo no sé cómo lo hago, pero lo miro y lo leo”. Otro día, dice otro: “Yo creo que sé leer, pero no estoy seguro”. Cada uno a su ritmo, y como la fruta madura, todos lo van consiguiendo. Los números los aprenden con la dirección de su casa, con su edad y la de su familia, con su fecha de nacimiento, con su peso, su medida.

Y ya cuando se trata de aprender y jugar al mismo tiempo. Sandy Joy acompaña a los niños preescolares en su camino al aprendizaje divertido, sano y eficaz.